Tengo un tío que siempre me decía, cuando yo era niño, que si yo supiera como se hacían las sardinas en lata nunca más tendría ganas de comer el pescado industrializado. Desde entonces procuro no preguntar mucho sobre cómo es el proceso de fabricación de las comidas y bebidas que toman parte de nuestro cotidiano. Soy incluso un poco kamikaze porque me gusta experimentar paladares distintos o considerados “exóticos”. Por ello no me causó rareza una experiencia por la cual he pasado en un viaje a Bolivia, hace unos años.



